Un café para los espías

Brauser sujetaba con comodidad un Lucky Strike entre sus finos dedos. El humo azulado escalaba perpendicularmente hasta apelmazarse en el techo blanco de escayola, y su aroma se mezclaba con el de los puros de los otros clientes. El café había abierto apenas cuatro años antes de que todo comenzase, y en ese tiempo fue capaz de convertirse en uno de los más prestigiosos de todo Berlín.

Era por ello que resultaba cotidiano encontrar hombres trajeados con sombreros de ala que se sentaban en las mesas de hierro forjado a consultar sus relojes de bolsillo, chapados en oro, y a beber a sorbos una pequeña taza de café puro.

Él, ajeno a aquella repetitiva escena, se reclinaba hacia atrás sobre su silla para poder ver la calle a través del gran escaparate que abarcaba todo el lateral del local. Dos Citröen nuevos, de 1939, estaban aparcados con las dos ruedas izquierdas subidas a la acera. Un hombre abría la portezuela trasera de uno de ellos e intentaba sacar con dificultad un baúl de madera. Los viandantes lo esquivaban a paso ligero y el característico bullicio de personas delataba la hora del día. Demasiado tarde ya. No era costumbre que los alemanes se retrasasen y le extrañaba que su contacto no hubiese llegado a la hora prevista.

Fue ese pensamiento el que pareció activar su tranquilidad, porque en ese mismo instante un Mercedes Benz negro se acababa de parar delante de la puerta de la cafetería. De ese vehículo con matrícula de servicio del Reich salió un hombre vestido de uniforme gris, con botas amplias de cuero, pantalón holgado y una gorra de oficial cuya calavera metálica distinguía su ocupación. Cruzó la acera apartando con la mano a los que se cruzaban en su perpendicular trayectoria y con la mano izquierda empujó la puerta del local, mientras que con la derecha se quitaba la visera. Brauser que le había echo un gesto con la cabeza al entrar, hizo otro para llamar al camarero.

El oficial de las SS se sentó en la mesa frente a él sin decir nada.

—Mucho tráfico ¿no? —Brauser esbozó una pequeña sonrisa.

—Mucho trabajo—su voz ronca no hacia justicia a su edad—Ya sabes todos los problemas que tengo para venir aquí.

—¿Problemas o pocas ganas? —bajó la voz cuando el camarero se acercó—Sabes de sobra cual es la importancia de tu participación en esto.

—¿Qué van a tomar? —el joven empleado sujetaba un pequeño bloc entre las manos.

—Oh si, tráiganos dos cafés bien cargados. El teniente lo tomará sin azúcar. ¿Verdad?

—Sí, sin azúcar por favor—el oficial mantenía la mirada perdida en su gorra de plato que descansaba sobre la mesa.

Solo en el momento en el que el camarero se dirigió hacia la barra surgió de nuevo la normalidad en su conversación.

—¿Lo tienes? ¿O vas a seguir haciéndonos perder el tiempo? —Brauser se reclinó sobre el impoluto mantel.

—Lo he traído—metió su mano en el bolsillo derecho de la chaqueta y sacó un pequeño sobre amarillo.

Brauser hizo el amago de agarrarlo cuando el teniente lo volvió a introducir:

—¿Aquí? ¿Está usted loco? —giró la vista a su alrededor para comprobar que la cafetería estaba abarrotada de gente.

—Si, aquí y ahora amigo. ¿De verdad cree que les importa lo que un maldito nazi entregue en un sobre? —su mirada quedó desafiante a la del oficial, que incrédulo por sus palabras se lo entregó.

—Cincuenta mil marcos, eso dijo que valía esto. ¿Cuándo?

—Mañana, si todo está correcto. En la calle Frestren Nº 12 le estarán esperando con el dinero—Brauser abrió el sobrecillo para ver que en su interior se encontraban las fotografías y la documentación solicitada. Lo guardó en una pequeña cartera de mano marrón.

El camarero llegó de nuevo con dos humeantes tazas de café que posó a cada uno en la mesa.

Ambos dieron un generoso trago y posaron la cerámica de nuevo en su plato.

—Se ha manchado usted—Brauser se llevó la mano hacia la boca para indicarle—ahí. Tenga cuidado de no estropear ese traje.

El teniente, que no contestó a sus palabras, cogió una de las servilletas que estaban en la cesta a modo de servilletero, y la frotó contra los labios con dos pasadas, de izquierda a derecha y viceversa.

—Si me disculpa, tengo que irme ya—miró al chófer de su Mercedes que esperaba golpeteando los dedos en el volante—debo regresar a mis ocupaciones.

—Oh, desde luego teniente—se levantó con el ruido del arrastre de la silla y le tendió la mano, que fue estrechada por su interlocutor.

—Mañana. Ni un día más.

Brauser asintió con la cabeza y se quedó de pie viendo como el hombre de las SS abandonaba el café, colocándose la visera en la cabeza, cruzando la ancha acera entre la marabunta de viandantes, acercando su mano izquierda a la maneta del lujoso coche y desplomándose en el suelo, abatido y con el sonido del golpe de su cabeza contra la carrocería. El cianuro de las servilletas había actuado demasiado rápido, tendría que salir por la puerta de servicio otra vez. No sin antes pagar los cafés con dos peniques ingleses que dejó sobre el servilletero.

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35 respuestas a “Un café para los espías

  1. Que chulo me encanta leerte me lo paso muy bien, es como una escena de una pelicula que ves de repente haciendo zaping y te captura para dejar ese canal. ¿Como se te ocurren estas cosas?

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    1. Intento que así sea. Una pequeña escena aislada que cuente mucho en poco espacio.
      La verdad es que cuando me pongo a escribir nunca sé el tema, ni el argumento.. vamos, ni siquiera si será de ficción, de fantasía o de terror. Simplemente me vienen ideas a la cabeza y las dejo fluir 🙂
      Siempre será un placer escribir para lectoras como tú, Carla
      Un abrazo muy fuerte!

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  2. Y de pronto me sentí en un entallado vestido rojo, labios carmin y el cabello en ondas marinas, sentada en la mesa de al lado observando aquella esena. wow!! no me canso de decir que me encanta leerte, un abrazo!

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    1. Muchas gracias Ainhoa 🙂
      Me alegro que te guste el relato! La verdad que me gustaría ampliar y desarrollar más las descripciones ambientales, pero es que me meto en cuatro hojas y se trata de hacer relatos cortos jaja
      Un abrazo!!

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  3. El cuento huele a tracición. Cuando escribiste fotos, pensaba en que se habría de descubrir alguna situación comprometedora para algún oficial de la SS, inclusive algún lío amoroso.Giro inesperado. Buen Final. Aprendí algunas nuevas palabras.

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