No beberás

Un delgado hilo de humo serpenteaba, con su tonalidad grisácea, hacia las vigas de piedra de la mansión Kemper, al suroeste de uno de los lagos más pequeños de los Ozark. Se arremolinaba en el techo, jugueteaba con sus torbellinos olorosos e inundaba con su translucidez las antiguas lámparas de bronce. El color de ese vapor parecía hacer honor al ambiente sinuoso que se respiraba en todas las tierras que eran bañadas por aquella mancha de agua, que durante los últimos años se había convertido en un caudal inspirador para innumerables series televisivas y novelas de corte comercial.

Y Alex lo sabía muy bien, pues uno de los ejemplares más vendidos del momento reposaba en la guantera de su coche; le había parecido de mal gusto llevarlo a la cena con el señor Stephen. Era cierto que la velada no le aspiraba la mayor de las motivaciones, pero su refinada educación distaba mucho de la de un hombre que se ponía a leer mientras su anfitrión preparaba los platos.

La comida, reposaba sobre bandejas que reflejaban el destellante baile de las velas, que apuntaban ladeadas tanto en la mesa de madera noble como colgadas de las lámparas de araña. Pero para sorpresa de él, el banquete no lo había traído, ni mucho menos preparado, el canoso anfitrión. Sino que dos mayordomos de imponente elegancia se habían ido repartiendo las tareas ante la mirada sorprendida del invitado. Un invitado que había acudido con unos de sus mejores trajes, y aun así una corbata mal anudada le apretaba el cuello dejando intuir en su piel la arteria carótida. El ahogo que la tela producía, y el vino que le habían servido nada más llegar le habían enrojecido el rostro, y entre esfuerzos discretos le costaba ingerir los trozos de pavo asado.

—¿No le gusta el pavo? —dijo Stephen manteniendo la mirada en su plato y llevándose el tenedor a la boca. — Hay también ternera si quiere.

Álex, que vio la imposibilidad de hablar, cogió la copa de vino rosado para dar un pequeño sorbo. La imposibilidad de producir una palabra no era cuestión del pavo que no podía tragar. Nada más que un pequeño silbido pudo salir su garganta.

—También tenemos credo agridulce, y pato —mantuvo la cabeza agachada a su plato, partiendo con su cuchillo un trozo de filete. —a James le sale muy bueno el pato, se lo recomiendo, ¿verdad que sí? — no levanto su mirada, pero el mayordomo asintió. Los dos hombres que trabajan a su servicio se habían quedado de pie, uno a cada lado del anfitrión.

El joven tosió dos veces y se llevó dos dedos de la mano derecha al cuello para aflojarse un poco el nudo de la corbata, pero aun así no pudo decir nada cuando su cerebro mandó la orden a sus labios. Una parálisis parecía haber logrado que estos estuvieran pegados con cemento. Sin embargo, podía mover la lengua y entonar las palabras bajo el eco sordo que producía la concavidad de su estructura bucal.

-No le gusta verdad… a no ser que…Dígame que no. — Stephen se irguió en la silla y giró la cabeza hacia el mayordomo que se encontraba a su derecha. —James, ¿olvidó usted preguntar al inspector si es alérgico al arsénico?

Los ojos de Álex se abrieron como dos ventanas en verano, y tosió desenfrenadamente mientras gotas de sudor arroyaban por su frente y cuello. Había conseguido romper completamente la corbata y arrancarse tres botones de su camisa blanca, se apoyó sobre la mesa, golpeando con su brazo izquierdo el plato y tirándolo al suelo, con el ruido que cabe esperar de la cerámica haciéndose añicos, y dejando el derecho colgando inerte bajo la mesa mientras la inenarrable tos inundaba la habitación.

—¿Cómo se le ha podido olvidar preguntarlo? Maldito imbécil. ¿Sabes acaso la cantidad de gente que es alérgico a eso? —miró al agonizante inspector y con una carcajada seca dijo. —Oh buen hombre, no, no es arsénico, eso estropearía la sangre. Y dio un trago profundo a su copa.

—¿La sangre? ¿Qué sangre? —pudo mascullar Álex con la mandíbula apretada y el puño de su mano izquierda agarrado al mantel.

—De la suya naturalmente— apartó la copa de sus labios, mostrándolos del color rojo. — Soy inmune a muchas cosas, ¿sabe?… A la muerte por resumirlo de alguna forma. Pero entenderá que, aunque no me mate, no sería de agrado tomar un veneno así. Estaría con dolores de estómago al menos dos días. —su risa retumbó en toda la estancia. —Es solo un paralizante muscular, o un somnífero… no sé, no soy médico, aunque me manche más que un cirujano. — Una nueva carcajada, con su boca abierta, mostraban dos estalactitas de marfil, afiladas como agujas, amenazantes.

Álex rozando la inconsciencia, recordó aquella enorme novela en la guantera de su coche. Una guantera pequeña, donde normalmente no entraría un libro de más de ochocientas páginas. Pero aquella noche si pudo introducirlo, sin hacer muchos esfuerzos, porque había quedado suficiente espacio. Normalmente no costumbraba a llevar peso encima, pero inconscientemente había preferido dejar ese espacio para su libro y ahora era él, el que intentaba esbozar una pequeña sonrisa, incorporándose y apoyando la espalda en el respaldo, con la cabeza ladeada hacia la izquierda miró al ser que tenía sentado enfrente suyo.

—No Álex, la medicación que le hemos dado no le provoca alucinaciones, esto que ve es totalmente re…

La frase que estaba pronunciando fue interrumpida por un estruendo de dimensiones bíblicas, acompañado de un destello de luz bajo la mesa. A ese, le acompaño un segundo, un tercero y un cuarto.

El monstruoso ser, con los ojos desorbitados se levantó de golpe, tirando la silla al suelo y dejando ver varios círculos rojizos sobre su abdomen, que manaban auténticas fuentes de sangre. Sangre que impactó, manchando completamente, la comida servida en la mesa y fundiéndose con el jugo de las carnes horneadas. Pero no fue hasta el quinto estruendo, que destrozó la rodilla de Stephen, cuando este se desplomó al suelo con el grito agonizante de un cerdo en su matanza.

Álex levantó rápidamente la mano derecha y mostró un reluciente Colt M1911 semiautomático de ocho disparos. El gatillo fue apretado, y de a bocacha salió un proyectil que impactó en la frente de James, quien ya mostraba sus colmillos sobre su labio inferior. La bala reventó la parte trasera del cráneo e hizo que el ser perdiese cualquier posibilidad de estabilidad.

El tercer vampiro ya había conseguido abalanzarse sobre el inspector y lo agarraba del cuello, clavándole sus uñas, haciendo manar su vital hemoglobina. El olor de la sangre volvió loco al horrendo monstruo, que ya no mantenía ningún tipo de apariencia humana y que chillaba al igual que hacen los murciélagos en una cueva.

(Continuará…)

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