Sábado en casa

Sonreía como hacía cada sábado a las 22:45, exactamente cuando el presentador daba paso al invitado de la semana y la potente iluminaria del plató dejaba entrever la indumentaria cada vez más estrafalaria de los comediantes que acudían al programa. Con un movimiento inapropiado de la mano, Eddie Murphy le hacía burla a un joven Charles Rocket que mostraba su tímida cara a través de un disfraz de pollo frito, una divertida imitación del Coronel Sanders y sus pretensiones por ser la cadena de Kentucky Chicken más grande del país. Charles bailoteaba de un lado al otro, balanceándose y cacareando mientras las cámaras enfocaban tan esperpéntica actuación. Los altavoces del televisor de Peter emitían el rugido en crescendo de los aplausos y vítores del público del Saturday Night Live.

Se relajó, estiró las piernas sentado en su butacón de cuero sintético. Alargó la mano para alcanzar la lata de Yuengling Larger cuyo metal sudaba la condensación propia por la diferencia de temperatura con el ambiente cálido y el aire cargado de humedad que se respiraba en Fort Collins. Dio un sorbo a la agria cerveza, y cuando el líquido amarillo hubo atravesado su garganta, apretó los labios con el gusto que producía la bebida fría en aquellas noches de verano del Estado de Colorado.

El televisor, un modelo Philips con reproductor de VHS incorporado, había sido un capricho imposible de ignorar cuando lo vio en el Walmart de la ciudad. Ahora podía disfrutar con nitidez de su querido Charles Rocket, verle hacer sus espectáculos, y las películas del oeste; vaya, eso sí que era meterse de lleno en la polvorienta historia, ¿verdad Peter?

Se levantó como un resorte cuando las palabras se formaron en su oído, arremolinadas como un pellizco inesperado, aunque en la cabeza seguía repitiéndose en un bucle que se iba perdiendo como el eco en una cueva: ¿verdad Peter?

—¿Quién ha dicho eso?—dijo mientras la lata de cerveza se desparramaba con aleatorios borboteos, volcada por la inestabilidad del reposabrazos de su sillón.

Siguió girando sobre sí mismo, dando vueltas para entrever algo en la penumbra de su salón, iluminada únicamente por la proyección de la pantalla de TV, el destello agradable y cálido que puede ofrecer un tubo de electrones excitados. El aparato de televisión que le había costado dos salarios mensuales de la fábrica de calzado: ¿verdad Peter?

Esta segunda vez le pilló en guardia, sabiendo que la primera no había sido fruto de su polvorienta imaginación, y que la segunda le había entrado como un cuchillo afilado por el oído derecho. La pregunta se había formado con el susurro indescriptible de un ser sin voz; una rasgada fonética sin un acento propio. Sin vida.

Se giró hacia donde retumbó el graznido, mirando su cocina se acercó apresurado hacía la pila del fregadero. Apoyó los dos brazos sobre el plástico que imitaba el mineral de granito y se quedó con la cabeza agachada, hipnotizado con los seis agujeros del protector del desagüe. Seis círculos oscuros que dejaban entrever las finas cuchillas del destructor de basura y que, entre los agujeros impares, una palpitante forma se movía acompasada con el tictac del reloj de la encimera. Entre los metálicos golpeteos de la aguja segundera, se formó con aberrante nitidez la frase que emergió del oscuro y húmedo desagüe: ¿Cómo vas a pagar las facturas ahora, Peter? ¿Cómo?

—¿Quién cojone…—Pero enmudeció cuando los palpitantes bultos que había divisado comenzaron a salir y comenzaban a llenar el fondo de la pila.

Asustado, encendió la tenue luz del extractor de humos; apenas conseguía iluminar, pero fue suficiente para vislumbrar los centenares de arañas del tamaño de un centavo de dólar que ascendían ya por las paredes metálicas del fregadero. Sin tiempo para reaccionar, las filas de peludos insectos recorrieron la encimera y comenzaron a expandirse con la rapidez de una peste.

Peter sudaba, estaba pálido y desorientado, y no se había dado cuenta de que varias arañas habían alcanzado ya los fogones de gas. Rápidamente alargó la mano y giró la llave de encendido. El fogón más grande en diámetro chasqueó y al instante ofreció una llama azulada, alcanzando a varias decenas de arácnidos que entraron en ignición y empezaron a corretear sin rumbo, chocándose con otras de su especie y contagiándoles de la iluminaria llama: La factura del gas Peter, ¿Cómo vas a pagarla ahora? Eres patético.

La voz emergió del desagüe esta vez como un grito ensordecedor. Tan intenso y ronco que hizo traquetear el sistema de tuberías de la casa.

Mientras Peter se llevaba las manos a los oídos, apretándolos con fuerza, miles de insectos seguían saliendo como ratones en la Francia del siglo XVI. La mayor parte de ellas estaban en llamas, pero eso no las había detenido; continuaban caminando prendidas de fuego sobre las paredes, los muebles donde Peter guardaba la cubertería y la vajilla barata, y continuaron por el mantel de la mesa, las cortinas y la alfombra impregnada de aceite de maíz.

La cocina ardía ya con la ferocidad del auténtico infierno, y Peter como buen norteamericano sabía lo que debía hacer. Salió corriendo hacia el salón, donde seguía sonando el Show desde su televisión, y alcanzó el rifle Winchester del calibre 10.8 mm que estaba apoyado detrás del sofá. Abrió el compartimentó de carga con un giro de la palanca y empezó a introducir con dificultad, uno a uno los cartuchos. Las manos le temblaban y de las quince balas que podía cargar el arma, doce habían ido a parar al suelo, rondando hasta meterse debajo de su nuevo Philips. Dio un salto arrodillándose delante del televisor para poder recogerlas, dejando su cara delante de la pantalla y observando que se había formado una imagen fija a pesar de que el sonido parecía continuar con normalidad. La cara de Ronald Reagan le miraba fijamente, estático, pero sus ojos parecían seguir los suyos. Con un grito, Peter se echó hacia atrás y cayó sentado sobre su trasero. Las botoneras del televisor explotaron y de sus agujeros comenzaron a emerger nuevas arañas en llamas, dispuestas a terminar su trabajo. Desde la cocina podía oírse la voz: Ni siquiera tenías la garantía comprada, ¿verdad Peter?

—¡Cállate ya! —Se llevó las manos a los oídos para tapárselos con fuerza por unos segundos, pero inmediatamente consiguió alcanzar de nuevo su rifle e incorporarse con la dificultad que el humo le provocaba. -Acabaré contigo de una vez por todas-. Sujetó el arma con sus sudadas manos y amartilló el sistema de disparo; en el mismo instante que la puerta de su vivienda caía a plomo sobre el suelo y una luz palpitante roja se hacía dueña de la estancia: Qué vas a hacer, ¿Peter? ¿Me vas a matar? ¿Es toda una vida juntos ya, no crees?

Ante sus ojos se vislumbró el horror más dantesco que pudiera imaginar. Un ser amarillo con ojos diabólicos emitía un rugido animal. De pie en la entrada de su hogar dejaba ver una mandíbula parecida a la de las avispas; las garras eran del tamaño de un guante de béisbol y una de ellas parecía tener una especie de aguijón mortal. El parpadeo de la luz roja le daba un aspecto aún más horroroso, como salido del mismísimo infierno. Peter gritó de terror, levantó el Winchester que había heredado de su abuelo y disparó. Amartilló nuevamente en cada disparo, y los casquillos descansaron cómodamente en la moqueta del salón. La boca del arma iluminó la entrada, y el humo menos denso que el de la madera quemada, jugueteaba en torbellinos de aire.

El ser cayó sobre sus rodillas y se desplomó boca abajo, golpeando su casco de la Brigada de Bomberos del 35 del Estado de Colorado contra el suelo. La botella de oxígeno, que había recibido uno de los impactos, resoplaba el salvador gas. El hacha que había utilizado para romper la puerta de la vivienda yacía en un charco de agua junto a su mano derecha. Detrás del bombero abatido, un viejo Sheriff que había acudido para apoyar a la pequeña dotación antiincendios que había en el Condado, sostenía una manguera abierta con una sola mano, mientras que con la otra intentaba desenfundar su revólver.

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