Hierro en la sangre

El barro, con la espesura de una masilla moldeable, recorría los caminos por donde el paso de innumerables carros había dejado dos surcos paralelos que invitaban a los variados insectos que pueblan los bosques a refugiarse del sol entre la convexidad de sus formas, y que solo las fuertes pisadas de mi caballo los hacían levantar el vuelo.

El sol, abrasador y resplandeciente había empezado a secar gran parte de los charcos, y su poderosa luminosidad se fijaba en mi casco de hierro. La coraza engalanada con el manzano enraizado sobre un puente, el blasón de una noble familia que hacia apenas dos semanas controlaban la mitad del reino, y que ahora, su homogénea grandeza se veía representada en mi persona y en el corcel blasonado que montaba.

La sangre resbalaba finamente por las articulaciones superiores de mi armadura, y se arremolinaba entre los pernos remachados que la unían. Se deslizaba incluso entre mis manos, empapando las riendas de cuero, y salpicando en cada sacudida que apremiaba a mi corcel. Un caballo que apretaba el ritmo, levantado la tierra en cada zancada y que falto de aire bufaba en cada golpe de mis espuelas de alambre sobre su panza ignorando que él también sangraba.

Y en el balanceo vertical que provoca la montura de un caballo, vislumbré las murallas principales del castillo. Altas, de más de ocho metros con foso, alamedas y butroneras para la arquería. Una fortaleza con dos grandes torres tejadas, que se veía imponente cuando abandoné la protección del bosque y entré en el claro descubierto.

Levanté el yelmo con mi mano enguantada y la escena no despertó ninguna sorpresa, nada de lo que veía era distinto a lo que esperaba. Unos cincuenta soldados yacían inertes, esparcidos por el césped como quien hace la siembra de los campos. Hombres, que, a pesar de estar tumbados boca abajo, sus cabezas miraban hacia el cielo pues sus cuellos habían sido destrozados de un solo golpe. Si desviabas un poco la mirada no era difícil encontrar restos humanos colgados de las ramas de los árboles como si de fruta madura se tratase, pues habían sido lanzados por el aire en su amputamiento. Y en medio de aquella matanza un blasón de mi familia, clavado por el mástil en el pecho de una de las criaturas, que se paseaban ahora entre los cuerpos de los soldados, absorbiendo los restos de sus almas y que con el ruido de mi cabalgar fijaron en mi persona su nuevo manjar.

Bajé de mi caballo con la elegancia que permitía un hombro dislocado y desenvainé el hierro. El mismo hierro que el sabor de mi sangre hacia juguetear en el paladar, y que la incontinencia de aquel abundante fluido rojizo resbalaba por las comisuras de mis labios. Sangre que brotaba y atraía como una llamada en celo a aquellos endemoniados que corrían desbocados hacia mí, con el movimiento errático de sus piernas. Estos parecían más inteligentes, si se permite la palabra, que los que atacaron mi villa la noche anterior, y parecían querer abalanzarse hacia mí desde diferentes posiciones. La escaramuza sería más digna de contar, sin duda, que un hombro dislocado y unos cortes superficiales.

Levanté la espada con las dos manos, poniéndola de perfil a mi cara, cuando vi que sus mandíbulas se dividian en dos mitades entre fluidos pegajosos y mostraban aquella aguja que arrebata las almas de los hombres.

Apreté la empuñadura aún con más fuerza. La llevé hacia la izquierda, para ejecutar el barrido y en un golpe certero decapité al primer demonio. El segundo, corrió la misma suerte y su cabeza fue a parar a los pies de mi caballo, que la aplastó con la herradura de su pata derecha en un espasmo instintivo. Un tercero me dejó ver más de cerca aquella aguja, salía de la garganta abierta y buscaba serpenteante a su presa. De una estocada en el pecho, hundí toda la hoja en el monstruo, que cayó de espaldas entre efluvios pestilentes. El olor era indescriptible, pero me hizo decaer mi postura y retroceder varios pasos hacia atrás, donde pude fijarme mejor en que uno de los cadáveres de los engendros que acababa de ejecutar había empezado a cambiar el color de su piel de forma dantesca, y ahora imitaba fielmente el relieve del terreno sobre el que estaba. La capacidad para el camuflaje que tenían era sobrenatural como todo su ser, e incluso muertos parecían mantener aquella ventaja frente a los humanos.

Uno de ellos me agarró con su mano semihumana por el cuello, pero en el mismo instante que su cerebro procesaba la orden de rompérmelo con un giro de su muñeca, su cráneo fue atravesado de extremo a extremo por el filo cortante. Un mejunje de efluvios cerebrales fue a parar a mis ojos, dejándome sin el sentido de la visa y escuchando como los engendros aprovechaban esa situación para galopar todos a una contra mí. Sentí la presión de esas zarpas en mis brazos y en mi frente, mientras mis manos enloquecidas daban bandazos aleatorios con la espada, esperando con fortuna divina que mis golpes fuesen certeros. La sangre brotaba de mi piel mientras yo agonizaba en el sangriento festín que iba a suceder, y en el zumbido que anunciaba el despliegue de aquella aguja mortal, varias flechas certeras abatieron a los tres demonios que me sujetaban.

Incrédulo a lo sucedido y con la visión aún oscura, solo pude oír tembletear las cadenas del portón del castillo antes de desmayarme en confortable barro.

11 respuestas a “Hierro en la sangre

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