El sabor del coraje

No movió un tendón, ni siquiera cuando el crujir de las cuerdas de los arcos empezaron a oírse de forma acompasada, en orden, de izquierda a derecha de las almenas del castillo. No dejó de galopar cuando la primera flecha se hundió en tierra, apenas a cuatro metros de los cascos del caballo. Ni cuando la segunda y tercera, en la misma fracción de segundo, alcanzaron el pecho del soldado de caballería que llevaba a su lado, y que en un agónico intento por mantener el equilibrio lo perdió, volcando sobre la montura y dejando que el cuerpo se desplomase contra el piso con el crujir de la armadura.

Lord Krox golpeó con el tacón de su bota de cuero la blanca piel de su caballo, y en ese mismo instante, cuando el animal parece entender que lo que debe de hacer es embestir las dos grandes puertas de madera maciza, un leve tirón de las riendas hacia su persona hicieron que las herraduras se hundiesen en el barro, deteniéndolo.

El grupo de cincuenta hombres que le acompañaban, todos ellos en montura, hicieron lo propio poniéndose en disposición horizontal formando una fila paralela a la muralla. En medio, Krox levantó la espada sujetándola por el filo y con la empuñadura hacia arriba en señal de paz.

Los arqueros que estaban apostados en la defensa mantuvieron las cuerdas en tensión. Sus dedos empezaban a teñirse del color de la uva. La misma que los campos de aquel reino cultivaban y cosechaban para conseguir el mejor vino que cualquier noble podría soñar. Dos guardias que tenían el oficio de montar vigilancia en el exterior de la fortaleza no habían conseguido entrar antes de que las pesadas puertas se cerrasen ante la llegada del ejército, y ahora, bajo los ojos de su comandante se mantenían pegados contra la piedra, empuñando el escudo en alto y las lanzas en posición de defensa en una psicológica valentía.

Ese mismo comandante, encargado de la defensa de la ciudad, se asomó por la almena que quedaba dispuesta encima de la entrada, y apartando para hacerse sitio, gritó:

—Lord Krox, ¿A qué se debe esta visita? —giró la cabeza de un lado a otro para poder encuadrar la longitud de la fila de soldados—No sé si tendré vino para todos.

El joven Lord se bajó del caballo con una elegante pirueta y manteniendo la espada en alto se acercó aún más al edificio. Los dos guardias de la entrada, recelosos, dieron un paso hacia delante, pero retrocedieron de nuevo cuando Krox se agachó para dejar en el suelo la espada de acero.

—Ya sabe a lo que vengo Comandante Stüark.

—No hijo, no sé a qué vienes…—sonrió—Pero puedo imaginármelo.

Un gesto suyo fue suficiente para que uno de los arqueros soltase el hilo trenzado, y la flecha saliese silbando contra el viento hasta penetrar en el cuello de uno de los jinetes. El grito desgarrador acompañó a una fuente de sangre que brotó sin control hasta que el caballo, en un relinche, se quitó del peso muerto.

Krox, que mantenía la mirada fija en su oponente no hizo nada.

—¿De dónde has sacado esos soldados, hijo? —levantó un dedo y empezó a contarlos—Vaya, si tienes cuarenta y ocho. ¡Podrías invadir Inglaterra! —su carcajada fue acompañada por las de sus tiradores, y entre las risas el Lord alzó la voz.

—Estos hombres son Guardias del Rey de Numbriax. Su Guardia Personal, para ser más exactos.

—¡Oh vaya! El maldito Rey de Numbriax manda a su querido hijo adoptivo a que lidere sus batallas, un auténtico valiente sin duda alguna… Por cierto, acabo de recordar que…—volvió a hacer su gesto y otra flecha salió silenciosa, rompiendo el aire y esta vez clavándose en el corazón del guardia real que Krox tenía tras de si—… odio los números pares.

Entre las risas de los arqueros se alzó la voz de una mujer. Una voz dulce y fina, pero a la vez autoritaria y fuerte.

—¡Sir Stüark exijo inmediatamente que haga parar a sus hombres! —una muchacha de no más de veinte años, vestida con telas azules, se había hecho ver detrás del Comandante, y ahora apoyaba su mano sobre la piedra de la almena.

—Princesa, no debería de estar aquí. Todos agradecemos sus consejos pero nadie está haciendo nada ¿Cómo iba a parar algo que no ocurre, alteza? —de nuevo el gesto de su mano provocó una nueva muerte y girando la cabeza para ver quién de ellos había caído comentó con un suspiro—Otra vez en pares…

—¡Guardias! Deténgan ahora mismo esto—se acercó a uno de ellos y con la mano le bajó el arco que apuntaba hacia los jinetes—Abrid las puertas al Lord…

—Princesa—la interrumpió sujetándola del brazo—Tengo órdenes de su padre para no dejar entrar a ese…—desvió la mirada hacia sus ojos—…enemigo de nuestro reino.

—Numbriax no es nuestro enemigo, Sir Stüark—agitó el brazo para soltarse.

—Pero si de tu prometido, el Príncipe de Wallex.

Un silencio de apenas cuatro segundos fue roto por ella.

—Nunca me casaré con un monstruo como él, ni facilitaré alianza alguna con Wallex.
Krox seguía de pie con la cabeza echada hacia atrás para poder ver todo lo que estaba ocurriendo allí arriba, y nada más que reconoció la voz de ella hincó la rodilla en la tierra y dijo:

—Princesa Lorett, no he venido a ninguna otra cosa que pedir su mano en matrimonio. Conozco su alianza con los Wallex de la misma forma que sé que no existió conciliación ni se consideró su opinión para hacerlo. Considero mi alteza, que es obligación del humilde reino de Numbriax defender su honor y su autoridad de los que dudan de su existencia. —cuando terminó, agarró la espada del suelo con la mano derecha y la izó desafiante hacia los dos guardias de la puerta—No permitiremos ni un minuto más su secuestro.

—Pero si ahora tenemos aquí a un caballero heroico del reino todo poderoso de Numbriax—su tono burlón hizo entrecerrar los ojos azules de la princesa.

—Sir Stüark, me casaré con él—su delicado dedo señaló hacia la caída de la muralla—Abra ahora mismo las puertas.

—La princesa enamorada…¡Vaya! Curioso es alteza que su padre me ha dado los poderes aquí en el castillo—se giró y la agarró del cuello. —aprenderás modales por las malas si es lo que quieres.

El sonido agonizante de la ausencia de respiración duró poco pues se mezcló con el gorgoteo de la garganta del comandante, cuando la daga que siempre escondida bajo la manga del vestido azul, se clavó en su vientre y le perforó el estómago. El hombre la soltó de inmediato y llevó su mano derecha con la absurda intención de detener la hemorragia que brotaba de su ancha barriga. Cayó sobre su rodilla derecha y en un último esfuerzo levanto su mano para realizar el fatídico gesto, pero ninguna flecha salió de los arcos.

Los arqueros bajaron sus armas y se giraron hacia la dulce joven con las manos rojas.

—Abran las puertas y acomoden al Lord.

Las poleas de las puertas chirriaron y los dos guardias con sus escudos se apartaron para dejar paso a Krox, que cruzó la entrada con trote tranquilo.

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