Donde la luz no llega

Smith Keppler murmuraba con el talento que la somnolencia puede producir un sábado por la noche en un oficial de policía del Condado de Springdale, al norte de Kansas. Su coche, un Ford Crown Victoria de 1990, se había desviado de la carretera que unía el centro urbano con el extrarradio para atender una última llamada antes del cambio de turno. Las luces de emergencia del techo iluminaban de rojo y azul ambas cunetas de la calzada de tierra.

Era común que los sábados se recibieran constantes llamadas al 911 informando sobre vándalos que rompían cristales a pedradas, o de chiquillos que golpeaban huevo tras huevo el tejado del vecino minusválido; y para mantener la normalidad, aquella noche de 1996 no iba a ser diferente.

Las ruedas del Ford torcieron a la izquierda, obedeciendo la comandancia del volante y mordiendo con la fiereza que la goma puede permitir el barro de la entrada a la casa de los Brausen. Una casa unifamiliar, alejada del contacto civilizado y con una cerca de medio metro que delimitaba el territorio como si de un fuerte vaquero se tratase. Con dos pisos y desván-torreón, la familia Brausen se había convertido durante décadas en la envidia del pueblo. Ahora, no había fin de semana que él, o su compañero, no tuviesen que acudir a echar una miradita para evitar los continuos destrozos y pintadas con spray que los adolescentes llenos de alcohol y valentía dejaban como tributo al dios de la popularidad; muy venerado en el instituto de enseñanza del Condado.

La puerta de la verja estaba abierta porque el candado de hierro había sido reventado hacía ya dos años y tras la muerte de la pareja nadie se había echo cargo del mantenimiento de la casa. El vehículo avanzó con el respeto ceremonial que aquel lugar imponía. Se detuvo a dos metros de la puerta principal y los faros amarillos alumbraron la fachada de la lujosa vivienda, dejando descubrir las inumerables plantas enredaderas y musgos que comenzaban a crecer por las paredes. Smith abrió la portezuela del coche y pisó con firmeza su bota en el suelo; llevando una mano al micrófono de mano de la emisora, lo fue sacando mientras se erguía. Al apretar uno de los botones y llevárselo a la boca sonó el desagradable zumbido del acople del megáfono.

—Muy bien muchachos—dijo mientras el altavoz del techo hacia vibrar la carrocería—Roy Johnson nos ha llamado otra vez. Os ha visto merodear por el césped cuando pasaba con su camioneta.

La luz de la sirena rotativa iluminaba el semblante del agente y su uniforme marrón.

—Salid ya, y quizás os acerque a casa sin decir nada a vuestros padres.

Soltó el botón de habla cuando una luz iluminó una de las habitaciones del piso superior.

—Malditos críos—masculló mientras lanzó el micro al asiento y recogía el sombrero de ayudante del sheriff que descansaba sobre el salpicadero.

Se acercó con apenas seis pasos hasta la puerta. Tocó el pomo con el empuje de los dedos y la puerta se abrió. Limpia, sin chirridos ni dificultades como cabria esperar en una casa abandonada. Entró calando el sombrero con una mano, y con la otra sacando la linterna de la parte de atrás de su cinturón. La puerta, atacada por una corriente de aire se cerró con el mayor estruendo que la madera puede producir y como esperando aquella consecuencia, Smith no giró sobre sus pies.

Decir que el recibidor estaba completamente oscuro seria faltar a la realidad del mundo sensitivo, pero sus ojos eran incapaces de captar ni un pequeño destello de luz, ni la luz de la luna parecía filtrarse por las ventanas. Nada. Plena oscuridad ahogada en la angustia que la muerte manifestaba en aquella casa. La misma angustia que debió de sentir la señora Brauser cuando se ahorcó en aquella misma vivienda y cuando su marido fue encontrado con la cabeza metida en el horno de gas. Esa misma sensación parecía llenar los pulmones de Smith.

Apretó con fuerza el botón de encendido de la potente linterna policial. Un halo de luz se dibujaba en el aire, desvelado por las partículas de polvo, pero ninguna proyección se hacia visible en las paredes. Parecía como si aquella habitación fuese infinita. Desvió la linterna hacia su izquierda, y no hubo proyección alguna en la pared. Lo hizo hacia la derecha y recibió el mismo resultado. Lo repitió apuntándose al suelo y nada, ni un ápice de luminosidad alumbraba aquella superficie. Se la llevó a los ojos y pudo comprobar que la bombilla halógena brillaba en su máxima potencia, pero parecía que el aire se comía la luz cuando esta salía impulsada de la linterna. No veía absolutamente nada; puso la mano delante del foco, a escasos dos centímetros y no pudo verla. Solo veía la bombilla brillar como un faro en la niebla.

De su boca salieron dos maldiciones que no llegaron a sus oídos. Su voz las había pronunciado con el tono áspero que la bebida y el tabaco le habían otorgado con el paso de los años, pero ninguna palabra escuchó. Volvió a decirlas, esta vez gritando y las ondas se esfumaron en el aire. Notó el vibrar de las cuerdas vocales cuando un grito escapó de su garganta y cuando dejó caer la linterna al suelo, tampoco oyó el golpe contra el parqué.

Balanceándose sobre si mismo el sudor le recorría la espalda. Sabiendo que no se había movido, giró la cabeza y el cuerpo hacia donde calculaba que estaría la entrada. Sabía que las luces de su coche iluminaban directamente a la puerta de la casa, y recordaba que a esta le faltaban los cristales decorativos. Sin embargo, ninguna luz conseguía atravesar los huecos. Con la angustia de la situación decidió dar dos pasos hacia adelante, donde pensaba que estarían las escaleras para subir al piso de arriba. Con los brazos extendidos intentaba poder palpar la barandilla.

Fue en el preciso instante en el que su dedo índice tocó el reposa manos cuando una luz procedente del pasillo superior iluminó tenuemente las escaleras y un grito desgarrador consiguió profanar su aparente sordera inexplicable. Fue una iluminación suficiente para intuir los escalones y Smith no lo pensó dos veces para apresurarse a subirlos saltándoselos de dos en dos y llegar hasta la alfombra que coronaba el pasillo de las habitaciones. Un largo corredor que dejaba a cada lado tres puertas, una de ellas, la tercera de la derecha estaba entreabierta y permitía que se escapase la luz de su habitación.

Cuando estuvo de pie en el piso, un olor a gas empezó a quemarle las fosas nasales. Un intenso olor a gas natural parecía ahora inundar toda la mansión. Smith sabía que aquello era imposible porque él mismo cortó la calle hace quince años cuando el servicio de mantenimiento de gases y combustibles de Kansas había tenido que desinstalar todo el sistema de tuberías de gas para evitar un derrumbamiento del firme de la calle principal. Y debido al amplio coste no se reconstruyó la red, y ahora no había suministro alguno de combustibles gaseosos. Todos los vecinos tenían que calentarse con electricidad.

Ese pensamiento le acompañaba mientras desenfundaba su pistola Colt m1911 y la alzaba hasta la altura de la boca para poder tener la perspectiva a través de la mira del arma. Caminó decidido hacia aquella puerta blanca llena de moho, y sin bajar la Colt, la abrió de golpe con su mano izquierda. La imagen le dejó entre la fina línea de la locura y la cordura. Delante de él y balanceándose por una brisa de aire inexistente, colgaba de la lámpara de araña la visión más horrenda de la que un hombre puede ser testigo. La gruesa cuerda de esparto sujetaba con el rechinar de sus fibras el cuerpo de la señora Brauser. El nudo abrazaba su cuello, su cabeza ladeaba con el peso hacia la izquierda y sus pies, a veinte centímetros del suelo de la habitación, descansaban inertes y desnudos, anhelando alcanzar el par de zapatos de tacón que estaban volteados debajo de ella. Su vestido, raído por los años, acompañaba la decoración de la escena. Y Smith, con el corazón en un puño, apretó el gatillo de su pistola cuando la señora Brauser levantó su cabeza para sonreírle, y con los ojos fijos en él, le mostró la podredumbre de sus dientes. No fue hasta la tercera detonación del arma cuando el gas se inflamó, y la explosión reventó la fachada del primer piso, desplomó los pilares principales y derrumbó el edificio sobre si mismo.

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33 respuestas a “Donde la luz no llega

    1. Muchas gracias Fani! Todavía me queda un largo camino por aprender.. pero voy tecleando día tras día jaja
      Por cierto… Me está gustando mucho tu novela. Espero poder terminarla la semana que viene. Me encanta tu estilo 😊
      Un abrazo!!

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  1. Vaya pasada no dejas de sorprenderme. No se por que pero siempre que se habla de mansiones de lujo y tal me viene a la mente la casa de la pelicula de casper hahahhaa

    PD: los relatos de miedo son mis favoritos 😍

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    1. Jajajaja bueno… Yo he tenido esa mansión en la cabeza al escribirlo jajaja
      Muchas gracias por leerlo Carla 😊

      (Yo siento auténtica pasión por las novelas de terror y negra… Aunque creo que se nota! Jaja)

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  2. Esta muy bien la atmósfera conseguida, pero una vez llegas a la resollución de lo que sucede, quizás sería adecuado acortar algunas frases, ya has postergado el suspense, no hace falta caer en clichés como ….”La imagen le dejó entre la fina línea de la locura y la cordura….” con un ..la le dejo antes el abismo de la cordura… o algo asi. ya sobre entiendes que está al borde de su sano juicio.
    Bueno pero está muy bien cumple con las reglas del género. Un pelín ampuloso para mi gusto…pero eso son solo gustos.
    Sigue así nos leemos.

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  3. Jolín, qué mal rollete me ha entrado… Ya te lo dije hace tiempo, pero me gusta muchísimo cómo escribes, haces que sea fácil obviar dónde estás y meterte en la historia. ¡Me ha encantado!
    Un abracitooooo :3

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  4. Me imagino que te lo habrán dicho muchas veces ya, pero tienes una habilidad increíble para las descripciones, sobre todo para la acciones. No necesitas casi diálogo para construir una historia completa. Además de que parece que tú mismo estabas ahí sea cual sea la ambientación.
    Narrar en imágenes es muy complicado, serías bueno como guionista, escribes relatos para cine 🙂

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    1. Muchas gracias Cova, me has alegrado el día con tu comentario! 🙂
      La verdad es que no soy muy amigo de los diálogos en los relatos de terror… Creo que que el silencio de un personaje transmite más información que una charla teatral. El silencio puede ser una herramienta muy útil que genere incomodidad al lector… y la aprovecho al máximo jaja.
      Muchas gracias de nuevo y un abrazo 😀

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  5. Increíble. Es la primera palabra que se me viene a la mente si trato de describir este relato, la falta de diálogos da una atmósfera realmente inquietante, que va muy acorde y natural a los hechos que suceden, tienes un gran talento para la escritura. Ahora solo espero con ansias tu siguiente relato, te ganaste un seguidor.

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    1. Muchísimas gracias! Menuda manera de animarme a seguir con este proyecto! ☺️
      Creo que en el relato de terror los diálogos rompen esa atmósfera… Y es mejor reducirlos a lo imprescindible.
      Un abrazo!

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