No te des la vuelta (II Parte)

Ojos rojos acechaban detrás de los arbustos de la carretera general y nuevos aullidos azotaban las temblorosas piernas de Paula, animándola a seguir dando zancadas descontroladas hacia la seguridad de la civilización. La suela de su único zapato se aferraba al granulado asfalto, mientras que el otro pie tatuaba de rojo sangre como un sello sobre la calzada; como el sello que esa misma mañana su profesora del instituto del pueblo había puesto en las calificaciones del trimestre, y que habían abierto las puertas del verano. Ahora sus ropas desgarradas por el contacto con las ramas, su pelo rebozado en el barro más fangoso que había visto nunca, y sus ojos mates que brillaban por primera vez bajo las saladas lágrimas del terror.

Corrió, lo hizo durante un tiempo eterno. Casi parecía que había conseguido lo que muchos físicos han perseguido desde el inicio de la ciencia moderna, detenerlo… Detener el paso de los segundos. Pero para contradicción de ella, dos luces amarillas empezaron a vislumbrarse al fondo del camino. Dos brillantes estelas que se iban agrandando como artificiales astros. Y con el cansancio en sus gemelos, la fatiga de la carrera, dejó arrodillarse en medio de la carretera y llevarse las manos a los oídos para después gritar lo que nunca había podido gritar. Un grito de dolor y ahogo, un aullido que enmudeció el de los lobos.

Las luces se aproximaban hacia la chica, y desde su perspectiva, eran dos bolas que subían y bajaban por el continuo rebote de la suspensión del Nissan Patrol. El vehículo frenó apenas a cuatro metros de Paula, con un chirrido metálico que desveló la pronta necesidad de un cambio de pastillas, y abriéndose la puerta del conductor, una pernera de un pantalón verdusco se dejó ver tímidamente. El Guardia Civil posó con suavidad el tacón de su zapato negro, y llevó su mano derecha al asidero del techo para poder bajar más cómodamente. Una vez erguido sobre la N-634, con un portazo dejó cerrado el todoterreno y se acercó a la joven.

—Eh chica, ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí sola? —se fijó en el aspecto ajado de ella—Pero, ¿Qué te ha pasado hija?

Paula, con un balbuceo indescifrable se levantó con la ayuda del agente.

—Ven, vamos al coche. Con cuidado, apóyate en mi—miró el pie herido—¡Dios Santo como tienes ese pie!

La llevó hasta la portezuela trasera derecha, y mientras una de sus manos alcanzaba la manilla de plástico; la otra aferraba con fuerza la cadera de ella.

—Te llevaré al hospital para que te curen eso. Quizás tengan que darte unos puntos. No sé qué clase de fiesta habéis montado en el bosque, pero ya he tenido que recoger a otro chico que no sabía volver al pueblo.
Abrió completamente, dejando ver el habitáculo ocupado por otra persona. Una sombra bajo la tenue luz alógena del techo.

—Siéntate con cuidado, al lado de… Lucas—dudó en el nombre porque el agente no lo conocía bien, pero Paula si, e inmediatamente sus facciones se dejaron ver. Ante ella, sentado con el cinturón de seguridad puesto, estaba su amigo Lucas. Perfecto, sin una arruga en su ropa, ni herida visible. Sus labios esbozaron una sonrisa, y de ellos salió:

—Paula, que alegría que te he encontrado. Cuando te fuiste corriendo pensé que te había ofendido algo que dije—agachó la cabeza para poder ver al agente a través del hueco de la puerta—Creo que ha bebido demasiado.
Ella, volviendo los ojos blancos, se desmayó y el guardia civil tuvo que sujetar todo su cuerpo con dificultad.

—Joder, sí que ha bebido.—consiguió meterla de lado en el coche—Veréis la que os calzan cuando lleguéis a casa, veréis.
Lucas se rio cortamente y colocó la cabeza de Paula sobre su hombro. El agente se subió al asiento del conductor y puso el contacto, para después arrancarlo con un rugido.

—Haz el favor de ponerle el cinturón, anda—miró la cara blanca del chico a través del retrovisor, sin darse cuenta del aún más blanco colmillo que le asomaba entre los labios,—que vamos a ir un poco deprisa.

El Nissan inició la marcha con un patinar de los neumáticos que hizo desprender un humillo grisáceo y olor a goma quemada. Avanzó por la recta carretera y puso a funcionar las dos rotativas azules del techo.
Apenas llevaba cien metros rodados cuando empezó a zigzaguear de un lado al otro del arcén. Lo hacía bruscamente y abarcando por completo la anchura de la vía. La carrocería se balanceaba agónicamente, e inexplicablemente levantándose de ruedas derechas cuando viraba a la izquierda, y de las izquierdas cuando lo hacía a la derecha. Poco duró la agonía del hombre, poco duró el dolor de los dientes en su cuello, y el calor de la sangre que desbordaba en cascada, manchando toda la tapicería y el asiento. Porque en uno de esos movimientos el coche volcó donde terminaba la línea blanca y empezaba el terraplén. Rodó, dando incontables vueltas hasta que un estruendo acuoso delató la caída en el lago.

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