El reflejo del honor

Un conejo mordisqueaba un pequeño diente de león que caprichosamente había decidido nacer en medio de la ruta que unía los dos reinos de Savez. Una deliciosa exquisitez que el pequeño animal apenas pudo disfrutar cuando los temblores de la tierra hicieron que apurase su interés por volver a la madriguera.

La herradura arrancaba con su ágil trotar la tierra de aquellos caminos franceses, y dejando donde pisaba, la marca de la caballerosidad del jinete que lo montaba. Una armadura de hierro del color de la plata, con una pechera reforzada en cobre nórdico, daban el aviso de que quien se aproximaba era de familia noble. Aquel cobre que los artesanos de la Aldea de Syönix trabajaban, ahora lucia lujosamente formando una excepcional protección ante picas y espadas, de los pocos que quizás se atrevieran a combatir contra aquel caballero. Todo el resto de su armadura estaba completada en piezas individuales articuladas, donde sus uniones habían sido engrasadas con cera y aceite de manzanilla. Su cabeza, cubierta por un yelmo del mismo hierro, solo disponía de unos pequeños agujeros a modo de colador para permitirle una mínima visión, porque todo herrero que se precie sabe que dejar agujeros amplios convertía a la cabeza en el objetivo perfecto para una pica o una flecha de algún arquero un poco entrenado en su arte. Su mano derecha, con un guante de malla metálica aferraba con firmeza las riendas de cuero negro de su blanco caballo; con la otra sujetaba un escudo romboide de acero y cobre en el que podía verse claramente el oso que sobre dos patas luchaba contra un feroz lobo, y toda esa escena adornada con un rococó propio del siglo XIII. La espada, de noble acero francés, pesaba al menos cuatro kilos y pendía firmemente de la cadera del jinete; la empuñadura de oro y rubí hacia destellar los rayos del sol de junio. Sus pies reposaban sobre los estribos, y cubiertos por láminas aceradas no dejaban apenas movimiento alguno con el trotar. Una capa morada enganchada a cada enclave de los hombros flotaba con el paso del aire bajo su figura, y se agitaba violentamente como las alas de una gaviota que buscan una roca sin marea que la tape.

El caballo deceleró el paso cuando nuestro personaje tiró suavemente de las riendas hacia él. Con un resoplido el animal se detuvo por completo y golpeó dos veces el suelo con sus pezuñas a modo de indignación, por no permitirle seguir con aquella divertida carrera que asustaba a conejos y ardillas. Pero no había ninguna necesidad para seguir corriendo, pues ante ellos tenían las puertas del castillo. Dos grandes portones de madera maciza, laboriosamente trabajados con refuerzos en metal y pinchos en sus zonas más bajas para evitar que los intrusos pudiesen derribarlas a golpes. A cada lado, un guardia del Rey escudriñaba la entrada con la mirada fija en el camino y la lanza apoyada en tierra.

Ambos tenían un escudo redondo de hierro con las letras de los apellidos de la familia real ZM y vestían el uniforme de la Guardia Real. Aquella guardia que durante años habían defendido el castillo, al Rey y a la princesa de los innumerables seres que habían intentado conquistarlo.

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