El acero tiñe de rojo

Las gotas de lluvia desafiaban la ley de la gravedad, ascendiendo con una deslizante y húmeda escalada sobre el parabrisas de la furgoneta de la General Motors. Las escobillas de goma bailaban un vals simétrico, guiado por un diapasón imaginario; y bajo la bota de Walter el acelerador le echaba un pulso, resistiéndose a ser hundido en el suelo.

Circulaba a ciento cincuenta kilómetros por hora. Las ruedas perdían adherencia en el asfalto mojado de la 40. Una carretera de dos carriles bidireccionales con una pequeña cuneta a cada lado, ahora inapreciable por la distorsión que el agua provocaba en el vidrio delantero. El vehículo se encontraba a doce kilómetros de Crossville, en el Estado de Tennessee; y debido a que eran más de las tres de la madrugada no había faros de vehículos que cegasen a nuestro conductor. La postal de una secundaria completamente desértica tranquilizó las sudorosas manos que aferraban el duro volante de aquella furgoneta de 1976. Sudor y sangre se mezclaban en las palmas de las manos y resbalaban sobre el caucho sintético, de la misma forma que lo hacía sobre la hoja de una navaja suiza que colgaba a modo de llavero en el contacto, y que tintineaba con la guantera en cada bache.

Walter estaba asustado, la sensación de la roja sangre sobre su piel, una sangre que no era suya y que había estado goteando sobre la moqueta, formando un pequeño círculo que empezaba a secarse. Sabía que ya estaba lejos de su casa, muy lejos de aquel pueblo incomunicado, pero aún quedaba un largo trecho si quería conseguir su propósito. No recordaba si había cerrado la puerta al marchar, y parecía ridículo que en aquella circunstancia se preocupase por eso. Quizás una forma que tenía su cerebro para evitar pensar que la sangre que recorría las bases de sus dedos, se incrustaba entre sus uñas y le dejaba pegado al volante era de su mujer Johanna.

Un relámpago iluminó el habitáculo y despertándolo de su pensamiento pisó aún más fuerte el acelerador. Un embiste le echó hacia el respaldo y el velocímetro alcanzó los ciento sesenta y cinco. Sin embargo aquella velocidad no hacía más que angustiarle, ponerle aún más nervioso por lo que había hecho. Jamás pensó que algún día podría hacer algo así. Él, una persona sin iniciativa, sin pretensiones y sin valor. Eso era lo que siempre le había faltado, valor… Y hoy había tenido el suficiente para hacer frente a sus temores. El suficiente valor para haber cogido la navaja, el suficiente como para haberse manchado las manos de sangre.

Y entre la tensión del momento desvió su mirada hacia el asiento del copiloto. Y ahí, iluminada por la luz de la luna se encontraba Johanna, con el cuerpo echado sobre el asiento inclinado. Las ropas manchadas de sangre y otros fluidos estaban pegadas a su cuerpo como gasas quirúrgicas. Su piel había perdido todo color, toda posible vitalidad, se encontraba pálida como una muñeca de cerámica. La cabeza girada mirando a Walter, pero no miraba nada, sus ojos estaban ocultos tras los parpados, y solo en ese mismo instante, solo cuando de entre sus brazos el llanto del bebé consiguió hacerla despertar. Un llanto ahogado entre lágrimas hizo que Johanna lo acercase aun con más fuerzas a su pecho. La sonrisa de ella se fundía con la de Walt, y ahora él, mirándola con los ojos de otro niño, se agradeció a si mismo de nuevo haber tenido el valor de parar la furgoneta en aquella vacía parada para camiones. El valor de ayudar a traer a su hijo al mundo, el valor de usar su pequeña navaja de llavero para cortar el cordón umbilical.

Con un suspiro, Walter retomó la vista en la carretera, redujo la velocidad y tomó el desvío hacia el hospital de Crossville.

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8 respuestas a “El acero tiñe de rojo

    1. Ya quisiera escribir tan bien… Eres tú qué me sobrevaloras jaja
      Fue un relato para jugar un poco con las suposiciones que siempre hace la gente… Hay conocer bien las historias para poder juzgar después
      Un abrazo muuuy fuerte!!!!! 😘

      Le gusta a 1 persona

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