La rosa en la ceniza

La ceniza descendía como lluvia de primavera, suave pero constante. Las llamas forzaban a las vergonzosas sombras arbolescas a tambalearse sobre el suelo embarrado, donde apenas días antes la hierba crecía espesa y colorida. Y allí, cansados y parapetados, el Tercer Regimiento de Infantería Francés se fundía con el barro. Cansados, exhaustos, cientos de hombres mantenían el fusil en alto, detrás de la derrumbada trinchera reforzada con improvisados sacos de tierra. Todo el esfuerzo era necesario para evitar que el imparable ejército alemán cruzara aquella línea de Verdún; la única oportunidad para evitar que París se hundiera en las brasas de la guerra. Y entre ellos, el joven soldado Abélard no suponía una excepción. Con furia y valentía disparaba incesantemente contra el enemigo. Agachaba la cabeza para recargar su fusil, y volvía a disparar. Cinco veces seguidas hasta volver a agotar las municiones. Cerraba el ojo izquierdo para poder vislumbrar mejor el objetivo entre las miras de hierro llenas de barrizal. Su bota se clavaba en la arcilla del suelo, y le pesaba el casco. Le pesaba ese enorme casco de acero, ironicamente pintado en verde para camuflarse en un paisaje negro y rojo.

Las ráfagas de ametralladora del enemigo rugían como bocanadas de dragón. Sus proyectiles impactaban en el pecho de sus compañeros, y como barajas de naipes iban cayendo uno tras otro. La muerte de uno parece que acompañaba a la de otro, como un macabro efecto dominó. Su furia se fue convirtiendo en temor, cuando apenas quedaban doce soldados franceses a su lado, y los grises uniformes del Imperio Alemán empezaban a diferenciarse perfectamente ante el avance triunfante de sus tropas. Y su mente dejó de disparar para pensar en el inevitable desenlace, aunque sus dedos  seguían apretando el frio gatillo. Ahora pensaba en Adèle. Pensaba en su casa a las afueras de París, en su pequeño huerto con calabazas y el rosal que ella siempre regaba. Pensaba en sus labios, en sus suaves labios rozando su cuello; en la forma que tenia de mirarle cada mañana, y la manera dulce de desearle buenas noches cuando la luna salía y las sábanas se convertían en su resguardo. Ahora la iba a perder, lo perdería todo. Los alemanes cruzarían sin el mayor problema y bombardearían durante días su ciudad hasta que la bandera blanca se alzase en la Torre Eiffel.

El proyectil de un mortero hizo impacto en sus compañeros del flanco izquierdo, haciendo que salieran disparados al frío aire. Varios miembros quedaron diseminados por el terreno, entre la alambrada de la trinchera. Apretó hasta el fondo el disparador de su rifle pero no obtuvo respuesta. Ya no quedaban municiones, ni tampoco soldados aliados que quedaran en pie. Sacó un revólver inglés de su chaqueta de lona y disparó tres veces contra el primer pelotón de alemanes que estaban acercándose, a menos de quince metros. Se agazapó entre la trinchera y lanzó una granada de mano para hacerles retirarse, o al menos ganar algo de tiempo. Consiguió llegar hasta la mesa de mando de su atrincheramiento. Ahí había una jaula con una paloma gris y blanca. Rebuscó en su bolsillo y sacó un papel blanco y un lapicero. Lo apoyó en la mesa mientras escuchaba los gritos germanos acercándose, que apenas distaban ocho metros, y por las voces calculaba que serían medio centenar de hombres. El lápiz rozó el papel y escribió:

“Querida Adèle, entre la sangre y el barro de este infierno, tu sonrisa en mi pensamiento ha sido lo único que me ha mantenido consciente durante este tiempo. No necesitaré más que saber que esos labios se tornarán siempre alegres, por la Francia y por nuestro amor. No necesitaré más que eso para vivir eternamente. Te amo…

En el reverso del papel escribió:

Los alemanes han sobrepasado nuestras defensas – Solicito bombardeo de saturación – No hay posibilidad de detenerlos – Coordenadas 14.25.36 -15.24.87

Soldado de primera Abélard Roix. Tercer Regimiento de Infanteria. Primera línea

La paloma voló hacia el rojo cielo, elevándose con el batir de sus alas. Se sentó quitándose el casco, y mirando al horizonte esperó los truenos de la guerra.

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