Las hojas hacen ruido

Los neumáticos del viejo Chevrolet hicieron chasquear las hojas que se habían acumulado a consecuencia del ya entrado otoño, esas antiguas ruedas americanas con el tapacubos plateado y con una goma excesivamente ancha. Los frenos chirriaron al roce con el óxido del disco, pero detuvieron aquel coche justo delante del precipicio donde James Stuart había aparecido muerto hace una semana. Su cadáver ensangrentado y con ocho agujeros del calibre 38 en el pecho no había sido ningún quebradero de cabeza para el forense local. Había vivido para las drogas, y ahora las drogas le habían ajustado todas las rondas que tenía pendientes (eso al menos aseguró también el fiscal).

Y miro por el retrovisor antes de bajarme de mi querido automóvil. Miro para darme cuenta de que las leyes del universo no han cambiado, de que todo respetará la lógica esperada. Y como los ojos de un ser monstruoso, de aquellos que se dejaban ver en las escenas más grotescas del antiguo cine de Los Ángeles, dos luces rojas empiezan a verse en el ya oxidado espejo. Dos luces alternantes se van acercando por la carretera de tierra y hojas hasta donde yo aguardo sentado, con la mano izquierda en el volante, el motor apagado, y mi mano derecha sujetando un Colt 45, apoyado sobre mis piernas. La luminiscencia parpadeante se sigue acercando, y se empieza a intuir la silueta de un Ford Crown Victoria negro y blanco, con la defensa prominente como un toro salvaje, dos luces blancas en los faros acompañan el baile rítmico de las rojas, y las palabras POLICE escritas del revés parecen convertirse en un juego para entretener a los viandantes que quieran desvelar tal acertijo.

Se detiene, oigo sus frenos, no en tan mal estado como los míos. La puerta se abre y un fortachón come rosquillas sujetando una escopeta Winchester se baja del coche patrulla. Puedo oír sus pisadas sobre la hojarasca. Ya no le veo por el retrovisor, está rodeando mi Chevrolet por la izquierda mientras grita la doctrina de que me entregue, y algo más sobre que saque mis llaves por la ventanilla. Pero amigo, ¿Por qué no salir yo?. Abro mi puerta con sumo cuidado, y saco mi mano izquierda al aire sujetando las llaves. Ignoro sus palabras de quedarme en el interior, y giro la cadera sobre el asiento para sacar una pierna fuera. La bota de cuero negro y punta toca suelo, y con ella la otra. Me incorporo y mantengo la mano derecha con mi amiga detrás de la espalda.

Me grita que me tire al suelo, zarandea su escopeta, y puedo ver como su pulso tiembla. Noto la gota de sudor que se desprende de su visera y se descuelga como un escalador por su gordo cuello. Puedo oír el murmullo de la emisora de radio de su coche, puedo oírla, como también pude oír los disparos de aquella noche del viernes. Puedo ver su revólver calibre 38 colgando de su bandolera al cinto. Puedo verla de la misma forma que la vi aquella larga noche; de la misma forma que vi salir de ese mismo cañón ocho disparos que impactaron sobre mi hermano James, haciéndole caer de espaldas al precipicio. Soy tan consciente de ello como de que este agente de la ley trabaja para la mafia italiana, y que no pudiendo acabar conmigo también ese día, lo iba a hacer ahora.

Su cara era una mezcla entre miedo, nervios y placer, iluminada por la luz roja de la sirena rotativa. Mordía el labio inferior mientras levantaba aún más su escopeta, y los cañones ahora me apuntaban justo entre los ojos a menos de dos metros. Su cara congelada cuando saqué mi Colt escondido tras mi espalda. Cuando la detonación se fundió con el graznido de las gaviotas asustadas. Cuando la bala atravesó su corazón, su mano soltó la escopeta y se apoyó en mi coche. Las piernas le fallaron y su cuerpo se precipitó al suelo golpeándose con la aleta trasera del viejo Chevrolet.

Tendido en el suelo, su escopeta, las luces rojas, la emisora de la radio dando avisos, mi cañón con un hilo de humo gris, y las hojas que seguían crujiendo ahora movidas por el viento que se estaba levantado.

2 respuestas a “Las hojas hacen ruido

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