Cuando la lluvia recorre tu piel…

Siempre recuerda esa cara cuando cierra los ojos en las noches más angustiosas, aquellas en las que las tormentas sacuden y azotan con furia los cristales, las persianas agonizan y el ruido del agua gorgoteando se hace fuerte por las canaletas del tejado. Una cara fría, de un hombre de mediana edad, con su casco de acero gris, adornado con una pica plateada del color del acero en la zona superior. Una lámina estrecha decoraba la visera, y una correa de cuero sujetaba el pesado casquete a su cabeza. Se había bajado de su caballo, que le esperaba relinchando, atado a un poste de madera que utilizaba su familia para enganchar a las vacas cuando las ordeñaban. Sin más que eso, aquel sargento hizo el saludo militar, se dio la vuelta y se subió a su negro caballo, para salir a trote por el camino de tierra que llevaba hasta el pueblo. En cada trotar, en cada pisada de la herradura en el suelo embarrado, dejaba la marca de la agonía, la marca de las malas noticias. Aquel hombre trotaba ligero, anunciando las desgracias puerta por puerta. Y es que aquel día ninguna casa del pueblo se quedó sin su visita. Recordaba que aquel mismo día, antes de que oscureciese, todas las familias se reunieron en la plaza, y entre llantos y desmayos de algunas mujeres que habían perdido a sus hijos, la corneta de un pelotón de guardias imperiales tocaba una marcha fúnebre en honor a todos aquellos jóvenes que ahora no eran más que abono de la trinchera.

Llovía, recuerda que la lluvia caía abundantemente, pero aquello no parecía importarle a nadie. Las gotas de agua resbalaban por su cara, el pelo estaba aglomerado, y su ropa completamente pesada por la mojadura. Se sintió abatido, con ganas de gritar, pero la imagen de la mujer del panadero firme como un abeto, gritando al alto: ¡Viva el Imperio Alemán!,- aquella misma mujer que había perdido a su marido y sus dos hijos en combate, y que el sargento del corcel había avisado de la noticia justo después de ellos… Le dio repugnancia. ¿Cómo podía mantenerse con esa entereza cuando había perdido todo lo que amaba? ¿De qué habían servido sus muertes? De nada, y sin embargo, para él, diabólicamente, aquella madre se mantenía orgullosa mirando a los soldados como tocaban los instrumentos, y las gotas de lluvia engullían las lágrimas de su alma, y se colaban por las trompetas y cornetas de los guardias que con incredulidad entonaban la tétrica marcha apuntando con ellas al cielo. Un cielo que parecía alejarse cada vez más de una tierra que ahora era infierno. Y no paró, nunca paró de repetirse aquella escena diabólica en su cabeza con los cascos de acero, y los rifles al aire, y las ráfagas que tronaban al viento, y las trompetas gimiendo y retorciéndose de dolor, y las mujeres que se desmayan, y el barro, oh, ese barro, jamás se olvidaría de aquel fango que llenaba todo el pueblo cada vez que caían cuatro gotas… Y el niño sin padre que escuchaba sin entender nada las angustiosas notas musicales mientras su madre le sujetaba en cuello, y el perro que ladraba, y el hombre que agarró su soga y se colgó del campanario de la Iglesia, y el tronar, el tronar del cielo.

2 respuestas a “Cuando la lluvia recorre tu piel…

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