Ojos de diablo

La nieve cubría la estrecha carretera que unía las ciudades de Nauen con Berlín, un camino asfaltado que presumía como un niño con traje nuevo y que ahora apenas se apreciaba por la blancura del paisaje. El frío congelador había parado en el tiempo las gotas que resbalaban de los árboles, y se mantenían como trapecistas sobre las puntas de las hojas.

Noche, noche cerrada que apenas permitía ver un palmo de distancia, y aquel hombre con su perro y su abrigo se mezclaban con la penumbra del invierno. Caminaban por la cuneta de la vía en dirección a Berlín, quizás como cada noche de vuelta al trabajo o quizás para trabajar de guardia jurado en alguna tienda de la ciudad… Eso no es importante, pero lo que si podemos afirmar es que aquel hombre aprovechaba el silencioso viaje para pensar en sus preocupaciones, y su perro, fiel amigo, era ajeno a todo lo que distase de mordisquear el hielo para rebuscar algún tesoro que llevarse consigo entre los dientes.

Y es que aquella situación de casi absorción mental había conseguido que nuestro protagonista no se percatase ni siquiera de que dos amarillentas luces empezaban a diferenciarse a lo lejos de la carretera. Unas luces como ojos de diablo, fijas y agrandándose cada vez más y cada vez más hasta que un ronroneo atronador  anunciaba como cual procesión la llegada de aquella iluminación. El sonido de la combustión del motor alertó al perro, que empezó a ladrar a medida que la silueta del camión comenzaba a intuirse. Aquel vehículo modelo “Blizt” aceleraba el paso a cada ladrido, como si un látigo estuviese alentando a su conductor a pisar con furia el tosco y duro acelerador de aquel camión militar.

La bocina, profunda y ronca, alertaba al viandante del peligro inminente de un atropello. Nuestro desconocido, confiado de que el conductor desacelerase por la peligrosidad del tramo, agravado aún más por las condiciones de la calzada que no ofrecían más que un lecho deslizante entre las ruedas, decidió apurar hasta el último momento cuando no tuvo más remedio que apartarse rápidamente de su trayectoria, perdiendo el equilibrio y cayendo a la gélida cuneta. El camión, impune de la situación, siguió veloz el camino, alejándose de aquella estampa… La de un hombre en el suelo cubierto de nieve, y su perro ladrando a la incomprensible máquina con ojos de diablo.

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